Dios y el César

Dios y el César

El estudio de la legitimidad o no de la violencia nos lleva a dedicar una atención particular al problema del Estado. Los hombres, en efecto, en una colectividad determinada, invocan la autoridad del Estado para recurrir “legítimamente” a la violencia. La teología de la violencia legítima y de la guerra justa ha recurrido siempre al principio de la soberanía del Estado para justificar sus tesis. A partir de ese principio llegó la Iglesia, afirmando la autonomía del Estado en su esfera propia, a mantenerse en una actitud de neutralidad benévola respecto a éste. De hecho, la benevolencia pudo en general más que la neutralidad, y las Iglesias locales intervinieron a menudo para venir a respaldar de una manera o de otra la política desarrollada por el Estado, aun cuando ésta fuera de las más equívocas respecto al Evangelio. Prácticamente, esas iglesias imponían sobre los cristianos la obligación grave de respetar el Estado y de someterse a sus órdenes, pues se suponía que éstas estaban siempre ordenadas al bien común.
“En su destino histórico ha podido escribir Berdiaef el cristianismo ha sufrido una deformación a causa de su adaptación al reino del César; se ha inclinado ante la fuerza del Estado y se ha reforzado por santificar esa fuerza. “ Los teólogos afirmaron en efecto, en largos tratados, que Jesús había querido esa sumisión de sus discípulos al Estado, ordenándoles dar al César lo que era del César y a Dios lo que era de Dios (Mt XXII, 17). Pero al hacer esto interpretaban mal la respuesta de Jesús: los fariseos le habían preguntado si era lícito o no pagar el impuesto al César, a fin de “sorprenderle en alguna palabra”; pero Jesús no respondió a la pregunta engañosa que se le había formulado, y es totalmente desencaminado citar esas palabras para afirmar que Jesús impuso a sus discípulos el deber de obedecer al César en todo tiempo y lugar.
¿Cómo entonces, hay que comprender la respuesta de Jesús? Una vez que los fariseos le precisaron que las monedas llevaban la efigie del César, Jesús les dijo que devolvieran al César lo que era del César. Hay ciertamente mucha ironía en la respuesta de Jesús, que da a entender esto: “Las monedas que me mostráis llevan la imagen y el nombre del César; pues bien, devolvedlas al César ya que a él le pertenecen.“ No se trata pues de una contribución, sino de una restitución. Queda así burlado el complot de los fariseos, que no pueden atacarle por tal respuesta.
Pero sobre todo, y eso es lo esencial de su enseñanza, Jesús pide a los judíos que den a Dios lo que es de Dios. En esto, no hace sino recordarles lo esencial de su mística tradicional: su función propia del pueblo mesiánico es dar gloria a Dios entre los hombres y las naciones. He ahí el verdadero mandamiento que Jesús da aquí y que hubiera debido retener la atención de los cristianos. Porque todo es de Dios. En particular, el campo de lo político es de Dios, y a Dios hemos de dárselo para promover ya en este siglo la justicia del Reino de Dios.
Así, lo que Jesús enseña aquí a sus discípulos es la obediencia y la sumisión que deben a Dios. Al referirse, pues, a este pasaje del evangelio, los cristianos no hubieran debido concluir que era siempre un deber someterse al César, sino al contrario que el hombre debía negarse a dar al César lo que es de Dios.
Así, cada vez que la ley se esfuerza por promover una mayor justicia en la ciudad, “hay que someterse no sólo por temor del castigo, sino por motivo de conciencia”, según la enseñanza de Pablo a los romanos (Rom. XIII, 5). Asimismo, cuando el tributo exigido por la autoridad pública está verdaderamente ordenado al mayor bien de la comunidad civil, es para todos un deber pagarlo. “Por ello Jesús y Pedro se avienen a pagar el impuesto establecido para las necesidades del templo” (Mt., XVIII, 24 y ss.). Pero también, cada vez que la autoridad traiciona su misión de justicia en la ciudad, se está obligado, por motivo de conciencia y pese al temor del castigo, a negarse a someterse. (…)
Al dar a sus discípulos el mandamiento de buscar ante todo el Reino de Dios y su justicia, Cristo no puede dejar de turbar de alguna manera el orden establecido por el César. La lógica del Estado estalla desde el instante en que se afirma que “hay que obedecer a Dios más bien que a los hombres”. (…)
Todo el proceso de Jesús muestra la oposición y el enfrontamiento del Reino de Dios y del reino de César.
Frente a Pilato, Jesús reivindica su título de Rey: “Sí, tú lo has dicho, soy Rey.” Cuando afirma que su Reino no es “de este mundo”, no hay que entender que el Reino de Dios deba rechazarse más allá de la historia. Es ya en este tiempo cuando los ciegos ven, los cojos andan y los leprosos son curados, los sordos oyen, los muertos resucitan y la Buena Nueva se anuncia a los pobres (Lc., VII, 21).
Es sabido cómo, durante los tres primeros siglos, los cristianos fueron acosados y perseguidos por el Estado, que les acusaba de turbar el orden público al negarse a someterse a las leyes de la ciudad. Vino después la “conversión” de Constantino, que pudo hacer pensar a la Iglesia que todo el Imperio Romano se había hecho cristiano y que, por consiguiente, la Iglesia tenía que aceptar la alianza con el Estado. Así fue bautizada la Bestia, pero sin haberse convertido. No era la Iglesia la que había conquistado el Imperio, sino el Imperio el que había conquistado la Iglesia. “El imperio se hizo cristiano en sus símbolos (escribe Berdiaef); pero lo que es más importante, la Iglesia se hizo imperial. Los Padres y los doctores de la Iglesia dejaron de ser los defensores de la libertad de conciencia que eran antes; su espíritu perdió su integridad en provecho del César.” (…).

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FRANCO Y HITLER, CESARES DEL GENOCIDIO. ALIANZA DEL PAPISMO CON EL ESPAÑOLISMO. LA BESTIA HIZO CHANTAJE AL CLERO NICOLAÍTA (OPRESOR DE LOS HERMANOS) Y ESTE CLERO “BAUTIZÓ” , Y SE ESFUERZA POR PRESTIGIAR A LA BESTIA

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INQUISICIÓN

Cuando los jefes de los Estados crearon un cristianismo nominal exterior inventaron teorías inverosímiles, ingeniosas, gracias a las cuales la religión cristiana pudo conciliarse con el Estado. Pero en nuestra época, todo hombre sincero no puede por menos de ver que es evidente la incompatibilidad del verdadero cristianismo (escuela de humildad, de perdón de las ofensas, de amor), con el Estado, su orgullo, sus violencias, sus penas capitales, sus guerras.
A cambio de su “leal sumisión” al Estado, la Iglesia no le pedía sino la “la libertad de culto” y la tolerancia de sus dogmas. Nada expresa mejor este estado de servidumbre de la Iglesia al Estado que esta página del “Catéchisme impérial”
P. — ¿No hay motivos particulares que refuercen más nuestra adhesión a Napoleón I, nuestro Emperador?
R.– Sí, pues a él es a quien ha instituido Dios en estas circunstancias difíciles para restablecer el culto público de la santa religión de nuestros padres y para ser su protector. Él ha restaurado y conservado el orden público con su sabiduría profunda y activa; él defiende el Estado con su brazo poderoso; él se ha convertido en el ungido del Señor por la consagración que ha recibido del Soberano Pontífice, jefe de la Iglesia universal.
P.– ¿Qué debe pensarse de quienes faltaran a sus deberes para con nuestro Emperador?
R.– Según el apóstol San Pablo, se opondrían al orden establecido por Dios mismo y se harían merecedores de la condenación eterna.

Bernanos, sacando las consecuencias de todo esto, podía escribir, dirigiéndose a sacerdotes y teólogos, estas palabras que quisiéramos estar seguros de que han sido oídas: “El Estado moderno es radicalmente anticristiano; no ha sido anticlerical sino el tiempo preciso para obtener, mediante ese chantaje, vuestra neutralidad benévola. No puede desagradarle en modo alguno que forméis feligreses estrechamente encuadrados, fuertemente disciplinados, dóciles a vuestras instrucciones, acostumbrados a todos los cambios de frente, con una filosofía muy general de la política, raramente aplicable a los casos particulares y capaz, por lo demás, de justificar cualquier concesión hecha en nombre del Mal Menor, absoluta en principio, oportunista en la práctica. No espera ya destruir el cristianismo, o al menos reconoce que la empresa será mucho más larga y difícil de lo que habían imaginado los demagogos. Entre tanto, en virtud de las experiencias pasadas, tened la seguridad de que no perderá el tiempo en molestar a ciudadanos tranquilos, respetuosos, que en definitiva sólo piden que se les permita practicar una religión uno de cuyos preceptos es el de la sumisión al poder establecido. Más que sumisión: amor. El Estado realista es amado. ¡Tanto no pedía!”

BREVE MUESTRA DE LA BESTIA “ESPAÑA”
“…Y tocándome el dominio absoluto de los reinos de Aragón y Valencia, se añade ahora el de justo derecho de conquista que de ellos han hecho últimamente mis armas…” (Decreto del Consejo de Castilla, Felipe V, 1707).
“Que en las escuelas de primeras letras y de gramática no se permitan los libros de lengua catalana, escribir ni hablar en ella dentro de las escuelas y que la doctrina cristiana sea y la aprendan en castellano” (Instrucciones del Consejo de Castilla, 1716).
“(Pongan) el mayor cuidado en introducir la lengua castellana, a cuyo fin se darán las providencias más templadas, disimuladas para que se consiga el efecto sin que se note el cuidado” (A los corregidores de Cataluña, 1717).
“El problema catalán no se resuelve, pues, por la libertad, sino con la restricción; no con paliativos y pactos, sino por el hierro y por el fuego” (“La Correspondencia Militar”, Madrid, 13·12·1907).
“Hay que llenar Cataluña de lo peor que tenga España” (Martínez Anido, jefe de la policia española durante el pistolerismo en Barcelona, en carta al Dictador genocida Miguel Primo de Rivera).
“Una persona de mi conocimiento asegura que es una ley de la historia de España la necesidad de bombardear Barcelona cada cincuenta años. El sistema de Felipe V era injusto y duro, pero sólido y cómodo. Ha valido para dos siglos” (Memorias, de Manuel Azaña, Presidente de la 2ª República Española).
“Transformaremos Madrid en un vergel, Bilbao en una gran fábrica y Barcelona en un inmenso solar” (General Queipo de Llano. Emisión radiofònica, 1936).

  • “Catalán, judío y renegado,
    pagarás los daños que has causado.
    Arriba escuadras, a vencer,
    Que en España empieza a amanecer”
    (Versión del “Cara al Sol”cantada durante la Batalla del Ebro, 1938).

Aunque buena parte de la documentación concerniente a estos temas aún no está al alcance del gran público, he aquí estas pocas muestras, como ejemplo de cómo se formó políticamente el Estado español. Sus víctimas fueron variando según épocas: judíos, moriscos, indios, catalanes, valencianos, aragoneses, gitanos, vascos… Con su Imperio y su Inquisición, el unitarismo español fue destruyendo cultural y físicamente todo oposición organizativa o mental a su totalitarismo.

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EVANGELIZACIÓN SIN CESARISMO (S. I-IV)

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EVANGELIZACIÓN CON CESARISMO (S. V-XX)

La no-violencia es pues la lucha por la justicia dentro del respeto total de la persona de los adversarios. Este carácter específico no ha sido jamás definido más claramente que por Jesucristo hace casi dos milenios:
“Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt. 5, 43-48).
Estos preceptos fueron puestos en vigor por los cristianos de los primeros siglos, que se negaban a dar al César lo que le pertenecía a Dios, y se declaraban objetores de conciencia. No se proponían trastornar entonces el orden romano (Jesús no era un zelote) sino simplemente propagar su fe, y hay que reconocer que en ese sentido lograron un éxito maravilloso. Por el contrario, la evangelización del Tercer Mundo, que se hizo el siglo pasado en compañía de las fuerzas armadas del colonizador, estuvo lejos de dar, sobre todo entre los pueblos que poseían religiones muy evolucionadas (budismo, brahmanismo, islamismo) resultados comparables.

EL ESTADO PARA EL HOMBRE Y NO EL HOMBRE PARA EL ESTADO
Los hombres están demasiado apegados al Estado y demasiado poco interesados por la justicia.
Tienen miedo de ir a la prisión por una idea.
Lo mismo que la violencia del César no puede defender y promover sino el orden y la justicia del César, así también la no-violencia de Cristo no pude defender y promover sino el orden y la justicia de Cristo. No hay que pretender defender el reino del César por la no-violencia de Jesús.
Se atribuyeron al Estado una vocación y una misión divinas, y se explicó que éstas le daban derecho a recurrir a la mentira, a la perfidia y también a la violencia homicida, cada vez que su seguridad se veía en peligro. El Estado pudo así juzgar, condenar, humillar, encarcelar y finalmente matar a innumerables hombres, con la complicidad benévola de la Iglesia que se resignaba a todas esas “necesidades” impuestas por la situación histórica del momento.

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