El derecho a la vida de los que piensan diferente

  • ¿Es la unidad de España (o de cualquier Estado) algo sagrado? (En ese caso “España” sería un simple ídolo).
EL DERECHO A LA VIDA DE LOS QUE PIENSAN DIFERENTE
Por Wenceslao Calvo Pastor en Madrid, Licenciado en Teología y conferenciante

INTRODUCCIÓN
Estoy plenamente de acuerdo con la exposición de Higinio Cortés sobre el derecho a la vida, pero en mi respuesta querría hacer una reflexión sobre un aspecto de este derecho, que hoy es de singular protagonismo. Me refiero al fenómeno terrorista que, bajo la bandera del nacionalismo y por conseguir su fin, considera justificable el uso de la violencia hasta la eliminación física del adversario. Soy consciente de que la bioética tiene que ver con la actitud hacia la vida en su primera y última etapa, principalmente en los aspectos relacionados con los avances de la ciencia y la tecnología; aún así el título de la ponencia de Higinio, “El derecho a la vida”, también puede dar pie a una meditación sobre los aspectos históricos y morales que el que el fenómeno citado nos plantea. El título de mi respuesta, “El derecho a la vida de los que piensan diferente”, parece una verdad tan evidente que no hace falta ni tanto sólo plantearla, pero es cierto que actualmente en Euskadi los hay que creen, y lo practican, que los que piensan de una manera diferente no tienen derecho a la vida.

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HABLAMOS AHORA DE LAS ESPAÑAS
Desde el 1492 e incluso desde antes, si quitamos unos cortos periodos de tiempo, de los cuales lo que ahora vivimos es el más largo, no ha habido tregua en la España oficial para aquellos que se atrevían a pensar de manera diferente a la hegemonía político-religiosa entonces establecida. No se trata de referirnos al recurso fácil de la Leyenda Negra, sino de constatar unos hechos objetivos: los judíos se vieron en la coyuntura de exiliarse o bautizarse, los protestantes tuvieron que huir para salvar su vida del brazo secular, y ni siquiera los moriscos, a pesar hacerse bautizar en masa, convencieron sus “padrinos” (que tampoco quedaron convencidos de la sinceridad de los judíos conversos, por cierto una cosa bien absurda pretender conseguir sinceridad por la fuerza); después llegaría el turno a los nacionalistas, los liberales, los republicanos, los socialistas y un largo etcétera.
Así vemos que el fanatismo religioso e ideológico ha sido una constante en la vida de las Españas, cosa que a algunos los ha hecho pensar que la intolerancia es una parte constituyente del ser español. La serie de Goya denominada “Pinturas Negras” vendría a expresar de una manera tétrica los profundos fantasmas y los horrores que se cuecen en nuestra historia. Es la España profunda, madre y devoradora al mismo tiempo, como un Saturno, de los hijos que engendra. ¿O quizás esta madre se sintió amenazada en el más íntimo de su ser por algunos de sus hijos, a los cuales no reconoció como propios, y se vio abocada a destruirlos por subsistir? ¿Es la intolerancia de la madre la que provoca la reacción de los hijos o es la rebeldía de los hijos la causa de la rigidez de la madre? He aquí el dilema español. El caso es que, después de una larga noche de falsos encuentros, cuando una albada de tolerancia se abría para unos y otras, de nuevo la hidra de innumerables cabezas vuelve a enseñarnos otro de sus temibles y amenazadores rostros. Es la España tenebrosa, la que asusta con Goya, la que creíamos ya superada y relegada al pasado, la que ha vuelto a hacerse presente entre nosotros, como ayer, como siempre, y nos ha despertado a una trágica realidad de rechazo y de muerte. Nuevamente se hace realidad l’estrofa de Machado “Una de las dos Españas tiene que helarte el corazón.”

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LA ESENCIA DEL TERRORISMO
¿Es el terrorismo actual la reencarnación de la vieja madre intolerante y fanática o es el rebrote rebelde que se levanta contra su progenitora? La respuesta podría ser ambivalente…De acuerdo con los procedimientos que usa es un vivo retrato de la madre, pero por la finalidad de su búsqueda se trata del hijo discordante.
El método para extirpar por la fuerza sucia toda disidencia es un hecho muy españolista: los autos de fe, los Tercios de Flandes, las guerras civiles…nos hace falta acabar con los que vulneran o no concuerdan con nuestra identidad y tenemos que hacerlo, esto sí, en nombre de una idea trascendente y absoluta. Hay una gran diferencia entre el idealismo y el fanatismo. Mientras el primero persigue una finalidad legítima y usa unos medios totalmente en consonancia, el segundo marcha desviado de la finalidad o de los medios y, a veces, de los dos. O sea que el fanatismo no es nada más que una aberración del idealismo, y del fanatismo a la violencia sólo hay un paso. ¡Y qué matrimonio más bien avenido, el fanatismo y la violencia!
El fanático se encuentra más allá del razonamiento, su motivación no es de orden intelectual, por esto todos los intentos de reducirlo al ámbito del raciocinio están condenados al fracaso. La atmósfera que respira es de otro mundo, vive en una dimensión diferente a la de el resto de los mortales.
Por este hecho el fanático no considera execrable la violencia y a veces ni como un mal necesario, sino como el medio apropiado de conseguir sus propósitos. Pero el peligro es que entre el celo idealista y el fanatismo intransigente que usa la violencia sólo hay una línea de demarcación muy fina y los españoles la hemos cruzado repetidamente a lo largo de nuestra historia. Ahora bien, este sería precisamente el problema de ETA, que habiendo nacido como resultado de un celo idealista ha caído en el fanatismo intransigente. Si esto es así, se habría convertido, sin pretenderlo, en aquello mismo que odia y ETA sería hoy –contradicciones y paradojas de la historia- la expresión exacta de esta España siniestra que creíamos, equivocadamente, ya muerta. En otro palabras, ETA sería hoy el único reducto genuínamente español. Pero tal vez podemos pensar que más bien ETA es el vástago rebelde contra una madre despótica, que no le permite expresar plenamente su identidad.
En este sentido sería la continuidad (aunque no en el medios que usa) de los antiguos judíos, los protestantes o los moriscos, que eran una amenaza para la concepción unitaria de aquel Estado nacional-católico que ha perdurado hasta mediados de la segunda mitad del siglo XX. Aquellos hijos (¿o hijastros?) que se atrevieron a desafiar, de manera consciente o inconsciente, el dogma intocable fueron repudiados por la madre, y su futuro quedó hipotecado para siempre jamás. Ahora bien, la unidad de España ¿es una verdad divina y eterna que está por encima del bien y del mal y más allá de toda discusión? ¿Se trata de un ente sagrado que justifica la fulminación de los que lo pongan en entredicho? Esta es la cuestión.
La aparición de los primeros Estados europeos: Inglaterra, Francia, España, tiene lugar entre los siglos XIII y XV, y en el caso de España esta creación viene fraguada y construida a base de una férrea homogeneidad, en la cual no hay cabida por la diversidad; a partir de aquí “el que se mueva no sale en la foto”. Las consecuencias de este “Santiago y cierra España” han sido desastrosas y las heridas que se han producido nos han llegado hasta aquí, hace bien poco tiempo. Hay quienes aún parece que no se han curado, y el nacionalismo vasco violento es la herida más profunda de todas. Lo que pasa cuando las víctimas o sus descendentes se vengan es que se invierten los papeles: los antiguos verdugos y o/sus descendentes pasan a ser víctimas y los que serían víctimas y o/sus descendentes se convierten en verdugos. Un terrible círculo, de una dinámica sin fin. Si el terrorismo actual fuera un rebrote, representaría el pago de otra deuda –¿el último?- contraído por la madre España en su historia desventurada.

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EL DERECHO DE AUTODETERMINACIÓN – UN DERECHO A LA VIDA
He aquí dos derechos: el derecho a la autodeterminación y el derecho a la vida. El primero pertenece a los pueblos, el segundo es patrimonio de las personas. Pero como que los pueblos son formados de personas, es necesario tener en cuenta los derechos de las personas para que los derechos de los pueblos nazcan con fundamentos sanos y seguros.
De lo contrario haríamos del Estado un leviatán, o sea un monstruo al cual se sacrifican los valores individuales; el nazismo o el comunismo serian unos claros ejemplos, y así cualquier totalitarismo. ¿Tenemos los cristianos una base sobre la cual edificar un criterio fundado en algo más que opiniones partidistas o humanas sobre estas cuestiones? Yo creo que la tenemos, dejando aparte el Sermón de la Montaña, que sólo es aplicable a los cristianos, encuentro un fundamento racional y universal en los Diez Mandamientos (Éxodo 20) como un código de convivencia, válido para cualquier sociedad. Allá hay una serie de proposiciones que, resumidas, serían las siguientes:
* Un respeto al ejercicio del culto a Dios (Ex 20,3-11)
* Un respeto a la institución matrimonial y familiar (Ex 20,12-14)
* Un respeto a la vida de los demás (Ex 20,13)
* Un respeto a la propiedad de los demás (Ex 20,15)
* Un respeto al honor de los demás (Ex 20,16)
O sea que aquí se protege los valores fundamentales que también encontramos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y sin los cuales la persona queda alienada, desarraigada y liquidada. Estos son los principios mínimos para que sea posible la convivencia y cualquier Estado o gobierno que pretenda destruirlos pierda automáticamente su legitimidad.
Por ellos podemos catalogar ciertas ideologías que los niegan como funestos para las personas y para la sociedad. De estos valores hay otros que se desprenden, como por ejemplo la inviolabilidad de la conciencia, el derecho de todo el mundo de creer y adorar Dios, el valor de la persona en sí misma, independientemente de su status, procedencia o creencia. De todos ellos es evidente que el derecho a la vida tiene prioridad, puesto que sin este no hay culto a Dios, ni familia, ni propiedad, ni honor (aun cuando este último podría ser discutido, en el sentido que el buen nombre de una persona traspasa la frontera de la vida.)
Como califico, pues, el nacionalismo y sus aspiraciones de autodeterminación? La respuesta sería la siguiente: siempre que esta idea sea respetuosa con las proposiciones contenidas en los Diez Mandatos, es tan legítima como pueda serlo cualquier otra; pero si viola estas proposiciones, ya sea en sus postulados teóricos o prácticos, ha perdido toda legitimidad moral y, por lo tanto, es indigna de tenerse en cuenta (*)Realmente este sería el filtro por aprobar o desaprobar no sólo el nacionalismo sino todo programa que pretenda aspirar a gobernar un pueblo.

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EL RECURSO A LA VIOLENCIA UN SÍNTOMA DE FRACASO
El recurso a la violencia, por imponer las ideas a un pueblo, no es nada más que la constatación de un fracaso, el fracaso de no poder ganarlo por métodos cívicos. También es la constatación del desprecio a las ideas de los demás, considerando las propias como las únicas dignas de existir.
Los dominicos fueron una orden creada en su día para ser predicadores y ganar por la palabra y la persuasión los desencaminados de la Iglesia católica, pero unas décadas más tarde se le encomendó la responsabilidad de dirigir el infame tribunal del Santo Oficio.
¿Como pudieron caer tan bajo con unos orígenes tan prometedores? Sólo cabe una respuesta: su total fracaso por conseguir los resultados por medios pacíficos y su pretensión de obtenerlos fuera cómo fuera y por cualquier medio; y también la pretenciosa creencia de considerarse los poseedores exclusivos de la verdad, aun cuando entonces ya había grupos disidentes, como por ejemplo los valdeses que, paradójicamente, estaban bastante más centrados en la verdad que el implacable tribunal que los perseguía.
No obstante, al final la historia ha hecho justicia y ha puesto a cada uno en el lugar que le correspondía. Aunque puedo entender que bajo un régimen opresor haya quien se levante con armas para quitarse el yugo, no puedo justificar ni entender, sino condenar sin paliativos, que si hay canales de expresión civilizados como son las urnas, se tenga que recurrir a la violencia para defender e imponer las ideas. Y mucho menos puedo entender que se asesine a unos representantes elegidos por decisión popular, o que se elimine a todo aquel que no esté de acuerdo con unos ciertos patrones establecidos. Esto descalifica en todos los que lo hacen y desacredita sus ideas.

CONCLUSIÓN
Para acabar quiero hacer un llamamiento a los nacionalistas que han escogido el camino de la violencia. ¡Lucháis por vuestras ideas! Pero hacedlo de una manera legítima, respetando el derecho a la vida y el pensamiento de aquellos que discrepan. ¿Vigilad de no consideraros los depositarios de la verdad! ¡Que no os pase que vuestros sucesores se tengan que avergonzar de vosotros y de vuestro recuerdo! Y también a los no nacionalistas (*).
¡Vigilad! No sea que echéis por cara a las personas o a los programas y pongáis en entredicho lo que en sí mismo es perfectamente discutible. Vigilad de no sacralizar ideas que son, después de todo, tan humanas como las de vuestro adversario! ¡No caigáis en los mismos errores de nuestros antepasados! Wenceslao Calvo, Pastor en Madrid, Licenciado en teología y conferenciante

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(*) Comentario: los autodenominados “no nacionalistas” son generalmente, nacionalistas españoles pata negra, que raramente quieren un trato igualitario para las nacionalidades, sino conservar todos los privilegios como autonomías receptoras de fondos (mientras los länder alemanes no pagan “por solidaridad” más de un 4%, Catalunya ronda un 11% de su PIB, lo cual no es solidaridad -que siempre es voluntaria- sino simple espolio, lo demuestra que la vivienda, los servicios públicos, carreteras gratis, subvenciones, paro y un largo etcétera están mucho mejor financiados en Extremadura o Castilla-La Mancha o Madrid que no en Catalunya).

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