Servir al Señor antes que a los denominacionalismos

SERVIR AL SEÑOR ANTES QUE A LOS DENOMINACIONALISMOS

La primera vez que el Señor me habló, fue en Enero de 1930, hace más de cincuenta y siete años, poco después de mi conversión. En aquel entonces empezaba mi vida cristiana.
El Señor quiere que todos tomemos nuestra parte en esta Iglesia. No es una congregación terrenal, secta o denominación, es la Iglesia celestial y la morada de Dios en la que todos los creyentes pueden tomar parte.
Pero el misterio es que el Señor Jesucristo está utilizando a hombres y mujeres indignos e inútiles para construir Su eterna mansión celestial, la cual es muchísimo más gloriosa y hermosa que la casa construida por Moisés en el desierto.
En I Corintios 1:25-29, vemos la clase de material que está escogiendo Dios. Para los edificios de este mundo, la gente busca obreros e ingenieros competen tes. Hoy en día, la gente usa maquinaria moderna, procedente de América, Rusia, Francia y otros países extranjeros. Si no encuentra el personal calificado en su país, tiene que hacerlo venir del extranjero, pero el Señor Jesucristo está escogiendo lo débil, lo vil y lo menospreciado de este mundo para construir la morada celestial. Imaginemos que un hombre muy rico busque a ciegos, a cojos y a pobres para construir una casa. Cualquiera le diría:” Pero hombre, ¿qué está usted haciendo?” Nadie le creería si contestara que está contratando a obreros para construirse una casa.

Servir al señor antes que a los denominacionalismos 01

La Palabra de Dios dice que Él no ha escogido la gente sabia de este mundo para este trabajo, sino lo necio para avergonzar a los sabios.
Para comprender las cosas celestiales necesitamos la visión celestial; por eso tenemos que orar: “Señor, abre mis ojos y permíteme ver cada vez más por medio de tu maravillosa Palabra”. Los misterios escondidos a los ojos de los sabios y entendidos, serán revelados a los niños, o sea a aquellos que tienen una fe sencilla. Podemos ahondar continuamente en la Palabra de Dios y siempre encontrar algo nuevo. Es, la Palabra de Dios y no la de un hombre. Es como una mina de oro muy profunda.
En Abril de 1932, me encontraba en Vancouver (Canadá). Un día, en una reunión de jóvenes, un hombre me pidió que hablase de la obra cristiana en la India. Yo no sabía nada, pero sí critiqué a los misioneros. Cuando volví a casa no podía orar. Entonces la voz del Señor me habló diciendo: “¿Quién eres tú para criticar a mis siervos? ¿Qué has hecho tú por mí?” Le dije: “Señor, soy el menos apto para tu servicio, por eso te he estado ofreciendo mi dinero, pero tú no lo quieres” . El Señor dijo:”Aún ahora te reclamo,” Le contesté: “Señor si tú me reclamas, no tengo alternativa ni condiciones que imponer; iré adonde quieras. No dudaré de ti, ni me quejaré diciendo que el lugar es frío o solitario” No tenemos derecho de imponer condiciones a Dios.
Entonces, el Señor me dijo: “Te acepto con la condición de que primero renuncies a todos tus bienes del Punjab, no hables a nadie de tus necesidades, y no aceptes salario alguno de nadie. En segundo lugar, no te unas a ninguna asociación, sírvelas a todas conforme yo te envié. Por último, no hagas tus propios planes. Déjame guiarte paso a paso”. Le contesté: “Señor, estoy de acuerdo”. El 4 de Abril de 1932, acepté el llamado del Señor, dedicándome plenamente a Su servicio. Yo no sabía adonde ir, qué hacer ni qué decir, pero el Señor lo sabía. Si queremos ser colaboradores con Dios, debemos obedecerle de un modo absoluto; luego Él nos mostrará claramente nuestra tarea. Tardé cinco años en saber claramente en qué consistía mi trabajo. Al principio acostumbraba solamente a dar tratados, luego Él siguió guiándome y ahora alabo al Señor, pues soy Su colaborador y asociado. Le doy las gracias por el honor que me ha dado de ser Su testigo, Su portavoz, y Su siervo. Más tarde tuve que pasar por muchas dificultades y sufrimientos. Doy gracias a Dios, con todo mi corazón, por todos los sufrimientos que tuve que pasar. En aquellos días, no tenía domicilio y nunca sabía dónde comería. Solía andar muchas millas en el servicio de Dios, pero fueron los días más preciosos.

Servir al señor antes que a los denominacionalismos 02

Todos tenemos una parte en la construcción de la Casa de Dios. Si lo deseas, quienquiera que seas, tonto o débil, sordo o mudo, el Señor puede utilizarte. Cree que Él te quiere para que seas Su socio; te gratificará en sumo grado. A veces la gente me preguntaba: “¿Cuánto gana? ¿Quién le paga?” “Gano un sueldo muy elevado” les contestaba “¿quinientas o mil rupias?” me decían. “No, muy elevado”, les respondía. De nuevo me preguntaban:”¿Diez mil rupias?” Entonces les decía:” No, mucho más. Dios satisface todas mis necesidades; me paga todos los días dándome mucho más de lo que necesito”. Si el Señor te está pidiendo que le sirvas, obedécele y no endurezcas tu corazón. No mires a tu necedad y a tu debilidad; ofrécete a Él y ora de esta manera: “Oh, Señor, yo también quiero que me utilices, yo también deseo las bendiciones celestiales”. Cuando tú creas que eres un colaborador con Dios, Él te mostrará lo que debes hacer. Muchos creyentes van a las reuniones, cantan cánticos, se duermen durante el mensaje, luego salen; eso es todo. No buscan por medio de la oración cuál es su parte en la obra de Dios. Cada creyente tiene una parte en la construcción de la Casa de Dios, bajo la soberanía del Señor Jesucristo. Cumpliendo fielmente nuestra parte, tenemos el privilegio de gozar de todas las bendiciones espirituales en los lugares celestiales en Cristo Jesús. Pero ante todo, asegúrate de que has recibido el perdón de tus pecados, el don de la vida eterna. Sólo entonces podrá Dios utilizarte; si no, Él no aceptará tu dinero ni nada que le ofrezcas. Por eso te advertimos: “No traigas tu ofrenda si no has nacido de nuevo”.

BAKHT SINGH
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