Sectas y fariseos, maquinización de la fe

LA MAQUINIZACIÓN DE LA FE: DE SECTAS Y DE FARISEOS (LOS “CREYENTES-MAQUINETOS”)

Cristo no vino a fundar ninguna religión, sino a salvarnos. Pero para tanta y tanta gente, el opio de la religiosidad es “necesario”, o sea, la manipulación del más acá con el pretexto del Más Allá. Es ese mal ejemplo el que pone tropiezo y enturbia las aguas para mucha gente que quizá sí pudiese creer: la injusticia, el escándalo religioso.

Cristo fue Dios hecho hombre. Y hombre concreto: obrero pobre, predicador ambulante sin salario, de una nacionalidad ocupada militarmente por el imperialismo de la época, rehabilitador de marginados, minusválidos, prostitutas, mujeres, de gente mal vista, maestro de gente sencilla, calumniado por los poderosos, torturado y asesinado a instancias del clero de la religión oficial, institucional y ritualista del lugar (el judaísmo): Nada nuevo bajo el sol, si volviese a encarnarse lo volveríamos a matar. Habrían religiosos cristianos confabulándose con la autoridad estatal y acusándolo de alborotador y de contrario al rey (“al César”).

Sectas y fariseos, maquinización de la fe 02

Los religiosos servidores del Poder constituído y de los intereses creados suelen perseguir a los profetas, y los pueblos decadentes, despreciarlos. William Penn, un mennonita fundador del Estado desmilitarizado e interracial de Pennsylvania, decía que si “los hombres no son gobernados por Dios serán dominados por tiranos”. Y eso pasa no sólo con dictadores políticos, sino religiosos y de cualquier otro estilo.

Las religiones más o menos bienpensantes lloran el poder del ateísmo, pero callan como cementerios ante el frío fariseísmo y rutinas tradicionalistas humanas que inundan sus rígidas conciencias y que disfrazan el Evangelio de polilla. Despotrican contra el aborto, la eutanasia y los gays pero pocas veces se acuerdan de las miserias del Tercer Mundo expoliado por sus amados Estados. Regulan los cultos al milímetro pero no se ponen apenas en lugar de su prójimo externo. “Cuelan el mosquito y tragan el camello” en palabras de Jesús. Y también: “Las prostitutas y los pecadores irán delante de vosotros en el Reino de los Cielos”.

Cristo nunca habló contra los ateos, habló contra las autoridades religiosas corruptas.

Muchos evangélicos tienen a bien de considerar que el puro cristianismo es la simple afirmación del dogma, que es una cuestión teológica. Sin embargo, nada más lejos de lo que Jesucristo hacía en el Evangelio: iba a “las ovejas sin pastor” a hablarles con misericordia y palabras sencillas mientras reprendía duramente a los encumbrados teólogos y polemistas que consideraban que todo era cosa del templo, de listas de prohibiciones contra cosas impuras y formalismo religioso, rechazando con desprecio al pueblo ignorante que no lo había podido estudiar.

Hoy en día en las iglesias ese formalismo religioso no sólo está muy vivo sino que muy a menudo es el dominante a costa de la práctica del Evangelio.

El Evangelio en Occidente está altamente controlado, comercializado y dosificado al interés del repartidor y del consumidor. Sobre todo en los EUA hay predicadores de iglesias ricas que poseen buenas mansiones y piden más dinero. Telepredicadores “fundamentalistas” –maniquís- que cambian de traje tres veces al día -y ¡ojo, marcas conocidas!, igual cobran por la propaganda- y predican –debidamente sesgado y enturbiado- al Jesús del establo. Estos asalariados se creen dignos, no sólo de sus salarios, sino de los intereses compuestos de sus cuentas bancarias. Manipula y esquilan a gente bienintencionada con emocionalismos, con Apocalipsis inmediatos, con las “Malas Viejas” más que con las “Buenas Nuevas”.

Para fans de teleevangelistas:
“No es lo alto que saltes en los cultos de la iglesia lo que importa, sino lo que camines rectamente después de saltar sobre el suelo”. La vida cristiana consiste mucho más en testificar del Señor en la vida diaria de lo que los momentos de gran emoción durante las reuniones en la iglesia. Ser un discípulo de Cristo dentro del templo es muy fácil, pero los perdidos están allá fuera y es allí que el Señor anhela que nuestra vida brille de verdad” (Paulo Barbosa).

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O bien con una verdad ortodoxa y ritual como la de los fariseos sobre el Sabath, sin entusiasmo, sin libertad, incluso con ironía y sarcasmos. Moralistas sin justicia: “Soy Reina, no necesito nada”, dice la orgullosa y ciega iglesia de Laodicea.
Desde que Constantino y Teodosio oficializaron la Iglesia “Universal” (= “Católica”) pero Romana (es decir, de su Imperio, de su Estado), César e iglesia se mezclaron fatalmente. Los corruptos poderes constituídos (los hijos de las tinieblas son más listos, pragmáticamente hablando, que los de la Luz), siempre con las manos teñidas de sangre y los bolsillos llenos de espolios y robos, decidieron que la Iglesia tenía demasiada fuerza, demasiada vitalidad y era necesario engatusarla para controlarla y dominarla en beneficio propio. Empezaron por darles cargos, poder, por perseguir a las demás religiones y darles sus templos, contruir lujosas basílicas con el dinero esquilmado a campesinos pobres…los líderes eclesiales “picaron” y se corrompieron y el cristianismo quedó preso del regalo envenenado –por motivos políticos de manipular según sus propios intereses- del César: los templos “de piedra”. Empezó la templolatría. (Isa. 66:1 y Hch. 7:49). Ahora, como decía el mártir D. Bonhöffer necesitamos un cristianismo sin religión y una iglesia sin paredes.

Así, lo que empezó por la libertad del Espíritu (Juan 3) acaba como mera maquinaria religiosa. Pablo dijo contra los falsos maestros que son los que “suponen que la piedad es una fuente de ganancia” (1ª Tim. 6:5), y Pedro que tales individuos “en su avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas” (2ª Pedro 2:3).

Seis podrían ser las principales características de las sectas y de las religiones maquinizadas:
1) Mercantilismo: “Hay que pagar…” como imperativo. Siempre recordando el diezmo, “el gozo de dar” (el diezmo), la bendición de dar (el diezmo a “la iglesia”, es decir a los líderes), etc. Así “profesionalizan” el “cargo” de pastor, etc. (en el Nuevo Testamento no existe nunca un único líder, ni se habla del diezmo, que es del Antiguo Testamento, ni existe “un local” como “iglesia”, ni el César desgrava nada –al revés: hay que DEVOLVER al César lo que lleva su imagen).

2) Poder totalitario y piramidal de los dirigentes: frente a las iglesias primitivas, que eran de estructura informal y asamblearia (1ª Cor. 14:26) y con comunidad de bienes (Hechos 2), en la “plaga” de hoy día los dirigentes son, a menudo, al revés: ricos en lo material y pobres y confusionarios en lo espiritual.

3) Desprecio a la personalidad del individuo: que no es escuchado y se convierte en puro engranaje de la maquinaria controlada por los hábiles e incriticables “líderes” (el Papa es oficialmente infalible y los líderes “evangélicos”, aunque no vivan el Evangelio, son incriticables bajo la amenaza de que “no seas bendecido por Dios”). No se respeta a menudo ni las culturas propias indígenas o autóctonas, que es sometida al estilo de origen foráneo de la organización y a una mentalidad de Burger King.

4) Dependencia de la Organización: que usurpa el lugar de Dios y pasa a “administrar” la Salvación según sus pesas falseadas (clericalistas y comercializadas). En Apocalipsis, el Espíritu Santo cita dos veces que “aborrece” la doctrina de los nicolaítas (el clericalismo, los dominadores del pueblo cristiano), que impiden la libertad espiritual.

5) Libros “sagrados” a parte de la Biblia: puede ser “El Libro del Mormón” o publicaciones como “Atalaya”, pero también pueden ser el Derecho canónico católico o, más sutil aún, los Estatutos de la “iglesia local” o de la denominación “evangélica” que regulan al detalle -según tradiciones humanas organizativas- para el “miembro” lo que tendría que ser sólo regulado por la Biblia, y no para la denominación sino para los creyentes y discípulos de Cristo. También el poder omnímodo de los “líderes” para instaurar las predicaciones excluyentes, los monólogos, a menudo para atacar a los disidentes o a voces proféticas incómodas (cuando en la Iglesia novotestamentaria en los cultos había diálogo y participación general).

6) Salvación “por obras”: no de misericordia sino de cumplir a pies juntillas con el legalismo de la organización y obedecer acríticamente a “los líderes”, todo bajo control de un clero piramidal y omnímodo, muy por encima en poder impositivo de los creyentes rasos, que sólo pueden “ascender” si guardan una obediencia absoluta a las tradiciones denominacionales y a los lugares comunes miméticos de la “iglesia local”.

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Este es el retrato-robot no sólo de los grupos doctrinalmente sectarios (heréticos) sino también de los grupos doctrinalmente bastante correctos, pero organizativamente sectarios (denominacinales y clericales). “La maldad de Sodoma tu hermana fue: Soberbia, saciedad de pan y abundancia de ociosidad” (Ez. 16:49). Las iglesias clericales son una versión “light” de las sectas, pues “La iglesia manejada por el hombre en vez de ser gobernada por Dios, está condenada al fracaso” (Samuel Chadwick).
Cuando las iglesias dejan aumentar la corrupción, dejan también de entender el Evangelio, que cambian por el plato de lentejas de una institución poderosa y poder-adicta, semipagana, pero “respetable” para las conveniencias. Con muchas corbatas para ser tenidos por ortodoxos, pero descorbatados de corazón. El Reino de las Bienaventuranzas se aleja de las iglesias oficializadas y frías.

Cada Reforma religiosa, desde los franciscanos a los anabaptistas, desde Moisés a Lutero, sólo puede venir de Dios, y tiene que chocar con el poder constituído, hecho de cambalaches corruptos y de inacabables intereses creados, injusticia e hipocresía. Lutero, por ej., retornó el Evangelio a los laicos, que habían sido apartados de tomar decisiones en la Iglesia, y desclericalizó parcialmente el cristianismo. El mismo calificó a los secretarios papales como “enjambre de gusanos que dilapidan los bienes de Alemania y otros países” y describió muy agudamente la opresión clerical a causa de la alianza de la estructura piramidal vaticana con el poder secular o político-militar (“el César”): “Puedes ser culpable de orgullo y excesos, avaro, iracundo e ingrato y con toda clase de vicios que clamen al alto cielo. Pero todo está bien, eres el más devoto de los cristianos si protejes los derechos (seculares) de la Iglesia”.

Por último, en el Nuevo Testamento o Nuevo Pacto con Dios, en ningún lugar aparece siquiera el cargo de “pastor oficial de una iglesia local” ni ser pastor se identifica esencialmente con la predicación y “el mando” centralizado. En la iglesia apostólica habían pastores y ancianos (siempre en plural), profetas, servidores, etc. pero nunca un solo hombre controlando todo el asunto. Se trataba, en cuanto a pastores, de un don dado por Dios para cuidar, amar y consolar, pero nunca de un título de pastor oficializado y compulsado, con salario y seguridad social. Todo esto es ya un invento humano derivado de una tradición clerical y que abusa contra la libertad cristiana. “El pastor” como título halagador no aparece en la Iglesia Apostólica. Allí impera sólo el sacerdocio universal de todos los creyentes bajo el Espíritu Santo, que impulsa libremente a los cristianos, según la multiforme (no uniformista) gracia de Dios.

No es de extrañar que todo ese clericalismo piramidal disfrazado de “autoridad” y “orden” despiste terriblemente a todo un pueblo y a toda una generación. Pero, ¡ay de aquellos que escandalizaran a uno solo de los pequeños de Dios, más les valdría…!
Albert Einstein dijo que si depurasen las prácticas clericales de los que afirman seguir la Biblia, el resultado sería una fe capaz de traer a la Tierra (Reino de Dios) un bién nunca visto. El Evangelio es para practicarlo en la Tierra, no es para la ultratumba. Es un regalo de Dios: su reino en la Tierra, a través de los dones del Espíritu. Las iglesias tradicionalistas, legalistas, clericales suelen menospreciar impúdicamente este regalo precioso de Dios y se dedican a apelar fanáticamente a la 2ª Venida sin obedecer a Cristo. Pues escrito está que “cuando el Evangelio será predicado hasta los confines del mundo, ENTONCES vendrá el fin”. O sea, que los que están siempre hablando de la 2ª Venida del Señor, si son sinceros y no simples calientabancos que se las dan de “superespirituales”, lo que tendrían que hacer es prepararse para ir a misiones a países lejanos o, al menos, interesarse e implicarse seriamente.

La Humanidad rara vez sigue los sabios consejos, prefiere seguir modas e imitar lo que apenas entiende para no “ser distinto”.
Cuando intentaron comprar a Savanarola ofreciéndole un capelo cardenalicio para que callara sobre la corrupción existente, él contestó: “No tendré otro capelo que el de mártir, enrojecido con mi propia sangre”. Desde luego que acabó en la hoguera de la Inquisición.

En nombre de Dios siempre se han cometido innumerables atrocidades, aún así el moderno fariseísmo no quiere aprender de estos escándalos. El fariseísmo es una de las muchas tendencias negativas que tenemos las personas. Cristo dejó retratada magistralmente la cuestión en Mateo 23: “…haced lo que os digan, mas no lo que hacen…hacen sus obras para ser vistos, haciendo alarde de vistosos vestidos religiosos, aman los primeros asientos y ser saludados en las plazas…¡Ay de vosotros, fariseos hipócritas!…ni entráis ni dejáis entrar en el reino de los cielos…devoráis lo poco que tienen los pobres y aún hacéis largas oraciones…cumplís los pequeños preceptos y olvidáis la justicia, la misericordia y la buena fe…sois como sepulcros blanqueados…adornáis los sepulcros de los profetas y los monumentos de los justos, y decís que vosotros no hubieráis asesinado a los profetas…os envío profetas y sabios, …los mataréis y crucificaréis, golpeareis, pereseguiréis”. Es un mensaje ciertamente actual para cada generación hasta el final de los días.

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