Operado del brazo y de la pierna

OPERADO DEL BRAZO Y DE LA PIERNA

Esta historia real aconteció durante la guerra de Secesión nortemericana, en la cual los estados sudistas se negaron a liberar a los negros de la esclavitud (España aún tardó más en liberar los esclavos negros de Cuba), tal y como Faraón había hecho 3000 años antes con los hebreos, y tal y como hacen todos los opresores con todos los oprimidos.
Es, por lo tanto, de la misma época y escenario de la inolvidable película “Gone with the wind/Lo que lo viento se llevó”, y la narra un médico judío:

– “Durante la guerra civil era yo cirujano en el Ejército (de los Estados del Norte, de los “yanquis”) y, al acabar la batalla de Gettysburg, había cientos de soldados heridos en mi hospital. Tenía que cortar brazos y piernas a toda prisa.
Uno de los heridos era un joven que sólo había sido el tamborilero, durante tres meses: por razones de edad se había alistado para tocar el tambor, porque era demasiado joven. Cuando le llegó el turno para cortarle la pierna, el celador y la auxiliar quisieron darle el cloroformo para dormirlo, pero el chaval lo rechazó. Me gritaron y fui a ver qué pasaba y, extrañado, le pedí por qué no quería que lo durmiesen. Él me respondió: -Doctor, cuando yo tenía 9 años di mi corazón a Nuestro Señor, el buen Jesús. Durante todos estos Él ha ido enseñándome a confiar en su Fuerza en las diversas cosas de la vida. Jesús es mi fuerza y mi estimulante, y Él me sostendrá mientras me cortan la pierna y el brazo.
Le aconsejé que, si no quería cloroformo, tomara algo de coñac, pero él también se negó, diciéndome: -Cuando era yo un niño, mi madre pidió a Dios que me guardase de las bebidas alcohólicas, porque mi padre murió alcoholizado. Ahora tengo 17 años y nunca he probado ningún licor. Como seguramente iré pronto a la presencia de Dios, no me gustaría hacer el viaje medio borracho.
A la sazón yo odiaba a los cristianos y a Jesucristo, pero no tuve más remedio que respetar tan altos sentimientos e incluso le pregunté si quería ver su pastor, y me respondió que sí.
Al acudir, el pastor le preguntó qué podía hacer por él, y el joven le hizo: -Por favor, coja la Biblia que tengo aquí bajo el cojín. Adentro viene escrita la diricción de mi madre. Enviadsela y escribidle también cuatro letras para decirle que todos los días la he leído y que he rogado por mi madre…Y, ahora, doctor, estoy preparado y prometo no gritar mientras me operan.
Mientras le amputaban la carne, Carlitos no se quejó ni gimió, pero yo sí que tomé algo de coñac por hacerme el ánimo. Cuando eché mano de la sierra por separar la carne del hueso, el chico se puso el cojín entre los dientes y sólo le oía decir: -Jesús, buen Jesús, ayudame ahora.

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Ya por la noche, yo no podía dormir: me revolvía a derecha y a izquierda en mi cama sin dejar de ver aquellos ojos azules del joven. Pasada la medianoche, hice una cosa para mí insólita: levantarme de la cama e ir al hospital sin ser solicitado por nadie. Al llegar, el auxiliar me hizo saber que había habido dieciséis muertes. Le pedí si Carlitos había muerto y me dijo que no, que dormía como un angelito. También me contó que allá al atardecer, lo habían visitado un par de miembros de la Comisión Cristiana y un pastor, los cuales habían orado arrodillados con mucha devoción y que, acto seguido, habían cantado todos juntos –también Charlie- algunos conmovedores cánticos evangelistas. Por cierto que no me cabía a la cabeza, de ninguna forma, como él, acabado de operar, podía haber cantado ni poco ni mucho.

Cinco días más tarde, Charlie me hizo llamar, y pude escuchar, pese a mis manías y prejuicios, por primera vez, un sermón evangélico. Me dijo, si mal no recuerdo: -Doctor, mi hora no puede ya tardar demasiado, y no espero ver ninguna salida de sol más. Gracias a Dios me veo dispuesto y, antes de morir, quiero agradecerle de todo corazón su bondad por mí. Doctor, Vd. es israelita, y no cree en el Mesías Jesús. Ahora sólo le pido hacerme el favor de quedarse aquí para verme morir confiando en mi Salvador hasta el último aliento.
Quería quedarme, pero de nuevo el valor me falló y me fui en seguida. Sin embargo, a los veinte minutos un auxiliar vino a buscarme, y me encontró hecho polvo, con la cara cubierta con una mano, para informarme que Charlie aún insistía en verme.
-Ahora mismo acabo de verle –le contesté.
-Doctor, no para de decir que quiere volverlo a ver ahora que se está muriendo.
El caso es que volví decidido a decirle algunas palabras afectuosas pero sin dejarme influir por su fe ni creencias. Al entrar dentro el cuarto me di cuenta que empeoraba de prisa. Me puse al lado de la cama y me dijo:
-Doctor, le amo porque, como mi mejor amigo, es del pueblo de Israel.
Le pregunté quien era el tal amigo suyo israelita, y me respondió:
-Jesús, el Mesías, a quien quiero presentarle antes de morir. Y, ¿me promete que no olvidará lo que ahora le diré?.
Se lo prometí.
-Hace cinco días, cuando me amputaban, le rogué al Señor Jesús que convirtiese su alma sin fe a Él.
Estas palabras me tocaron profundamente el corazón, porque no entendía como, entre dolores tan agudos, podía pensar en Cristo y en mi alma incrédula. Sacando fuerzas como buenamente pude, le dije:
-Querido amiguito, tranquilo, pronto todo irá bien para tí.
Y unos minutos más tarde él “se durmió, seguro, a los brazos de Jesús”, tal y como decía la canción que cantaba.

Atlanta Street in Gone with the Wind

Cientos de soldados murieron en mi hospital, pero sólo fuí a acompañar a enterrar a uno: Charlie Coulson. Sus últimas palabras me dejaron descolocado y hecho un lío. Por aquel entonces, yo era rico en dinero, pero lo habría dado todo por tener una fe como la de aquel chico. Ay de mí!, porque hay cosas que no se compran con dinero.
Olvidé el sermón, pero no al joven mismo. Ahora sé que me encontraba bajo el peso de una convicción de suciedad y de pecado en mi conciencia, pero seguí batallando, durante diez años, contra el Mesías, con todo el convencimiento de un judío ortodoxo.
Finalmente, aun así, la plegaria de Charlie fue concedida, y Dios convertió mi alma a Jesús el Mesías.

Unos dieciocho meses más tarde de mi conversión, asistí a un servicio de oración en un local de Brooklyn, Nueva York. Era una reunión dónde la gente daba, con alegría y frescura de Espíritu, testimonio del amor del Salvador. Tras hablar varias personas, se levantó también una mujer ya mayor y dijo:
-Queridos amigos, quizás sea la última vez que tendré el privilegio de dar testimonio del Señor. Estoy tan llena de gozo porque sé que encontraré a mi hijo con el Señor el cielo, porque los dos hemos confiado en la benignidad de Cristo y su sangre para el perdón de nuestros pecados. Mi hijo fue herido a la batalla de Gettysburg y un médico judío le cortó el brazo y la pierna. Un pastor de allí me escribió una carta y me envió la Biblia de mi Charlie, y me contó que, a la hora de su muerte, hizo ir al médico judío para decirle que, mientras le amputava, le había suplicado a Dios que convirtiese el alma del médico, que no creía en Jesús.
Al oir a aquella mujer, salté automáticamente de mi asiento y como pude, totalmente conmocionado por la emoción, me dirigí hacia ella, le cogí la mano y le dije apenas como pude expresarselo, entre lágrimas, delante de todos:
-Dios la bendiga, querida hermana: alabado sea Dios, la plegaria de su hijo ha sido concedida, porque yo soy el médico por el cual rogó su hijo, y ahora ya su Salvador es mi propio Salvador.

El Evangelio de Juan dice: “Jesús clamaba diciendo: -Si alguien tiene sed, que venga a mí, para beber. Aquel que cree en mí, como dice la Escritura, brotarán de sus entrañas ríos de agua viva”.

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