La telaraña del matriarcado religioso

LA TELARAÑA DEL MATRIARCADO RELIGIOSO Y DE OTRAS SECTAS

(De “Boga mar adentro”, revista mennonita).

Es tan grande el afán de almas, para llenar los cultos, que tienen algunos pastores, que equivocan el propósito del ministerio, y se aferran al número de tal forma, que se vuelven posesivos, absorbentes y dominantes de las ovejas, para pastorearse a sí mismos y saciar su ego en el ansia de éxito personal y de demostrar su valía.

A lo largo de la historia, siempre ha sido el poder religioso el más totalitario y dictador y el que, infundiendo temor por la condenación, paraliza a los hombres y controla sus voluntades, sometiéndoles traumáticamente. Esta desmedida ambición de las autoridades religiosas nace del orgullo espiritual, que es el peor de todos, y que busca robarle la gloria a Dios o tiene un trasfondo de afán de riquezas materiales, como denuncia Pablo en la 1ª epístola a Timoteo 6,5 al decir: “HOMBRES CORRUPTOS DE ENTENDIMIENTO, Y PRIVADOS DE LA VERDAD, QUE TOMAN PROPIEDAD COMO FUENTE DE GANANCIA; APÁRTATE DE LOS TALES”.

Todos estos sufrimientos y deshonras injustas resultaron ser para muchos que las sufrieron, mucho después, causas de gozo, aunque, mientras apretaban como fuego abrasador nuestras almas, nos producían casi alaridos desgarradores, pero pudimos, como siempre, hallar consuelo en Aquél que es el único refugio y que, con el bálsamo de Su Espíritu Santo, nos suavizó toda llaga y nos fortaleció, animándonos a seguir adelante en la tarea encomendada y sin desgastarnos en contiendas con los hermanos, sino en la lucha contra el enemigo común, Satanás, contra nuestro ego y contra el mundo, que ya son ocupaciones más que suficientes.

La telaraña del matriarcado religioso 02

En estas conferencias del 82 donde sucede algo que iba a marcar una nueva etapa de sufrimientos y de ataques diabólicos insospechados que, como pruebas a nuestra fe, redundarían, a la postre, en consolidar nuestra visión y fortalecernos más, al aumentar la unidad entre nosotros y la madurez espiritual que viene de confiar en la soberanía del Señor.

Algunos aprovechan la ocasión del ministerio y quieren resurgir como aves fénix, en una desmedida y ególatra ambición de éxito, sin contemplaciones, para intentar frenéticamente, espoleados por demonios en una loca carrera, llenar el socavón emocional de su pasado, que no hace más que agrandarse, engañado e insatisfecho; surge por envanecimiento, ante el éxito y la generosa respuesta de bendición del Señor a los que Le invocan, de los que, comportándose neófitamente, se crecen y le roban la Gloria a Dios, llegando incluso a constituirse en sumos sacerdotes para ir minando el globo terráqueo de “mini Papas” que, al igual que el gran Papa blanco, ignoran que ya sólo hay y habrá por la Eternidad un Sumo Sacerdote delante de Dios el Padre: Jesucristo, el Señor; puede comenzar la desviación, también por personas que al no tener cuidado de sí mismas y no vivir velando en el dominio propio del Espíritu Santo, luchando contra el ego y sus pasiones, que es nuestro mayor enemigo, caen en carnalidades, o en raíces de rencor, soberbia y deseo de dominio, contaminándose, y, por no arrepentirse ni humillarse a pedir perdón a Dios y a los hombres, y en sincera renuncia, si fuere necesario, estar dispuestos a dimitir de su cargo, se aferran a su posición eminente, su estatus venerable u honra eclesiástica, y contaminan a sus seguidores, adaptando las doctrinas a su conveniencia y aberración personal; además, están aquellos que al haber contristado al Espíritu Santo, por no obrar consecuentemente con la luz recibida y percibida, y haber hecho indolentemente la Obra de Dios que se les encomendó: “Maldito el que hiciere indolentemente la obra de jehová, y maldito el que detuviere de la sangre su espada” (Jeremías 48,10). Caen en la maldición terrible de perder la fe: “¿Pero quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?” (Santiago 2,20); y se convierten en profesionales de la religión, asalariados que, cuando el lobo viene, huyen y abandonan las ovejas; que trabajan por dinero, sin importarles las almas, pastoreándose a sí mismos, a costa de despojarlas y devorarlas para enriquecerse. Sus doctrinas son aguadas y tibias, complacientes a los hombres pero no complacen a Dios, fácilmente llevaderas, (cuando el verdadero camino del Señor es estrecho, angosto y difícil) cómodas y rituales para las buenas gentes que no hacen el mal (como el joven rico) porque están educados religiosamente, pero que tampoco hacen el bien; doctrinas resultantes de un estudiado marketing religioso, por mentes tecnócratas empedernidas (no espirituales) que convierten los templos en mercados.

Todos ellos actúan en sus ministerios o bien, omitiendo siempre determinadas áreas de la Doctrina de Jesucristo, como si fueran tabúes: “… Y la palabra, es toda ella, sana y necesaria para el hombre” (2ª Timoteo, 3, 16) o, más agresivamente, caen en el anatema de añadir doctrinas humanas a la Palabra Revelada, como si fueran más geniales que Dios, con normas y mandamientos de hombres disfrazados de superespiritualidad, o denominándolos de la iglesia, formando nuevas biblias adjuntas y paralelas a la verdadera (con leyes, costumbres, bases denominacionales, etc.); o, por el contrario, entran en la condenación hereje y blasfema de suprimir, de hecho, textos bíblicos a tijeretazos irreverentes…

La telaraña del matriarcado religioso 01

Los discípulos de Cristo que se dejan perfeccionar, corregir, disciplinar e incluso castigar por el Maestro, Quien sigue queriendo cumplir Su plan creacional del principio: Discípulos que están dispuestos a dar la vida por su Señor, como Él la dio por ellos, y que, para conseguirlo, aceptan negarse a sí mismos y tomar cada día la cruz asignada por el Señor, el yugo adjudicado para el santo propósito, y seguirle al monte Calavera, para allí morir con Él. (Lc. 9,23). Como decía Pablo: “Os aseguro, hermanos, por la gloria que de vosotros tengo en nuestro señor Jesucristo, que cada día muero” (1ª Cor. 15,31). Porque: “Si morimos con cristo, creemos que también viviremos con él en su resurección” (Ro. 6,8). Discípulos que renuncian a todo lo que poseen para comprar la perla de gran precio, el terreno con el tesoro escondido (Mt. 13, 44-46). Que por nada ni por nadie mirarán hacia atrás, sino que cojen el arado y sólo ponen los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, y están dispuestos a aborrecer padre, madre, esposa, e hijos por Su Causa.
Discípulos valientes, que no huyen del vituperio por causa de la verdad y de la justicia, por causa de Cristo, pues saben que así son bienaventurados.
Alumnos que aprenden a soportar y, mediante el Espíritu, hacen morir en ellos las obras de la carne, para vivir en santidad.
Siervos fieles, que reconocen su inutilidad y que dan toda la Gloria y la honra al Señor.

Beatriz, mi cuñada, quien estaba en la comunidad de Madrid y se había reunido con nosotros en las conferencias, viene, llena de alegría a compartirme la noticia de que la han nombrado líder sobre los chicos y las chicas de la comunidad y a preguntar mi parecer. Con la sinceridad y la confianza que siempre había tenido con ella, por las preciosas relaciones que habíamos mantenido, durante muchos años, tanto por ser familiares en la carne como en la fe, la compartí lo que brotó del depósito de mi espíritu, almacenado por el conocimiento de la Palabra Revelada a mi vida por el Señor, de cómo: “No debe la mujer ejercer autoridad sobre el varón, ni enseñar, exhortando, y mucho menos disciplinar o castigar al varón” (1ª Ti. 2,12).

El matriarcado, produce tal desequilibrio familiar, que forma hijos sin respeto al padre, al que tienen por un pusilánime y un apocado: “No des a las mujeres tu fuerza…” (Pr. 31,3), haciéndoles derivar en homosexuales o en violentos, etc…La mujer que ha dominado a su esposo, luego le menosprecia, perdiendo el amor y el respeto por él, hundiendo más al marido en la impotencia de la cobardía. Si esto sucede en la familia, en la congregación, el matriarcado genera tales desviaciones doctrinales, que conducen a herejías y formación de sectas extravagantes, aberrantes y de completa ceguera, con muy pocas posibilidades de restauración, y abocadas al desastre final, como rebaños conducidos al despeñadero.
El siervo de Cristo debe estar siempre dispuesto a aborrecer padre, madre, esposa, e hijos por Su causa, para serle fiel, valientemente, aún a costa de privaciones sexuales en el matrimonio o de otras revanchas femeninas, por no ser satisfechos sus caprichosos deseos.
En este tiempo, tuve una visión escalofriante, en una vigilia que hice con varios siervos de Dios, en la que un macho cabrío ejercía dominio sobre una hermosa mujer y ésta sobre muchos, originando una catástrofe de muchos muertos, personas que abandonaban al Señor, y divisiones entre ellos; nos quedamos tan impactados, que estuvimos hasta la seis de la mañana clamando al Señor, para que nos diera consuelo.

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