Tesis sobre madurez

TESIS SOBRE MADUREZ ESPIRITUAL

1.-ALABANZA
“Si me aproximo a un artista y le digo: -Oh, lo alabo, aleluya, aleluya-, el artista saldrá disparado para otro lado.” “¿Cuánta de nuestra alabanza a Dios usa la palabra alabanza, pero no dice nada?” “-Usted dice Aleluya porque es Pentecostal y eso forma parte de nuestra liturgia. ¡Por eso dice aleluya!” “Concurríamos a la iglesia con carretillas llenas de cajas envueltas en papeles de hermosos colores, con cintas y moños y grandes tarjetas que decían: “¡Gloria al Señor! ¡Aleluya! ¡Gloria a Dios! Amén”” “Y nosotros los pastores decíamos: -¡Qué gente más maravillosa! ¡Cuánta alabanza que ofrecen en la iglesia!- Y después llevábamos esas cajas al altar. Pero cuando Dios abría esos regalos, no encontraba nada adentro” (“Ordres Nuevas”).
Alabar no es seguir un ritual o liturgia. En la Biblia aparece repetidamente el “Cantad al Señor cántico nuevo” (Salmo 98:1). Alabar u orar siempre igual, las rutinas, las coletillas o muletillas, repetir “Señor” continuamente, no son síntomas positivos, más bién se parecen una amistad que no profundiza.
No se trata de repetir (o chillar) más o menos “aleluyas”, “amén” o “gloria a Dios”. Entre carismáticos y “pentecostales” esto es normal, así como temblores, caídas, gritos y llantos, olvidándose de que estamos rodeados de otras personas, a veces incrédulos. Por lo cual ya Pablo hablaba muy sabiamente de que “hágase todo en orden y decentemente” (1ª Cor. 14:40), “hablar en lenguas de uno en uno, y luego se interprete” (1ª Cor. 14:40), así pues hay que seguir estas normas bíblicas, para no caer en espectáculos extravagantes.
Para orar o alabar no es necesario cambiar el timbre de voz ni ponerse rimbombantes con palabras religiosas grandilocuentes, ni usar un vocabulario especial con palabras floridas y dramatismo, ni cerrar los ojos o ametrallar con tediosas muletillas repetidas indefinidamente a los demás oyentes como si oyesen un disco rayado.
A menudo imitamos extravagancias que hemos visto y que acaban siendo rutina, según el modelo de la mayoría que nos rodea -entre la cual parece ser que debemos pasar desapercibidos para ser aceptados. Eso es fácil y es de animales de lana.
Pero sin duda será siempre mucho más valioso imitar el amor práctico de Dios. Si escogemos expresiones o temblores o ruído (ruído en vez de “nueces”) como símbolo del Espíritu, acabaremos midiendo y prejuzgando la espiritualidad por cánones humanos del todo falsos y contrarios a la Palabra de Dios y al Espíritu Santo.
Evitemos, pues, estos excesos para que los inconversos puedan comprender bién de qué va el fondo del asunto: no de espectáculos “religiosos” apoteósicos, sino del amor de Dios vivo en acción.
Para fans del emocionalismo, del show religioso y/o de teleevangelistas: “No es lo alto que saltes en los cultos de la iglesia lo que importa, sino lo que camines rectamente después de saltar sobre el suelo”. La vida cristiana consiste mucho más en testificar del Señor en la vida diaria de lo que los momentos de gran emoción durante las reuniones en la iglesia. Ser un discípulo de Cristo dentro del templo es muy fácil, pero los perdidos están allá fuera y es allí que el Señor anhela que nuestra vida brille de verdad” (Paulo Barbosa).
“Transformó por completo nuestra liturgia Pentecostal de adorar. Antes teníamos toda suerte de temblores, gritos y llantos en nuestras reuniones. Como teníamos los ojos cerrados nos olvidábamos de que estábamos rodeados de otras personas. Ahora todas esas cosas terminaron.” (“Ordres Nuevas”).

2.-BAUTISMO DEL ESPÍRITU
Con la Palabra podemos matar, sólo el Espíritu es vida. Las sectas matan con la Biblia, y hay también un cierto deporte de “lucha libre con lanzamiento de biblia”, entre grupos que se reclaman bíblicos.
El bautismo y plenitud del Espíritu es esencial: para vivificar la letra.
Hay que ministrar realidad. En hebreo, “Palabra” y “realidad” se expresan con un solo término. Si citamos un versículo acerca de la Paz, quizá citemos una palabra vacía, sin su realidad correspondiente. Pero si damos Paz, estaremos en la Verdad y no en la ley ni en la letra muerta. Cristo actuaba con su ejemplo a la vez que explicaba y daba ejemplos concretos comprensibles a todos. Ministrar lo genuíno es posible si seguimos el Espíritu (Juan 3:8) por encima de organigramas preconcebidos y rígidos y de legalismos complejos basados en tradiciones organizacionales y humanas.
Los primeros cristianos ni siquiera solían tener Biblias, pero tenían el Bautismo del Espíritu, y había avivamiento, porque no estaban atados a los mil impedimentos, intereses, rutinas.
Hay grupos que apenas si tienen en cuenta el bautismo del Espíritu. Carismáticos y “pentecostales” insistieron en su día en este bautismo. J. Carlos Ortiz, pastor pentecostal, escribía, sin embargo, en su libro “Discípulo”:
“Me causa mucha tristeza que durante años nosotros los Pentecostales hemos puesto el énfasis en Hechos 2:4 en lugar de Gálatas 5:22. Nuestro artículo de fe dice: “Creemos en la plenitud del Espíritu Santo según Hechos 2:4”, es decir, “Creemos en el llenamiento del Espíritu según Gálatas 5:22”: no habrian surgido tantas divisiones (…) La plenitud de la Promesa del Padre es más que el “pequeño” bautismo en el Espíritu Santo que hemos heredado de nuestros amados hermanos Pentecostales…En los primeros días de este siglo el Espíritu una vez más empezó a manifestarse en la Iglesia y los Pentecostales se juntaron para hacer una declaración de fe. Institucionalizaron una experiencia recién restaurada (…) Si Vd. cree sólo Hechos 2:4, recibirá sólo Hechos 2:4. ¿Y qué hay de los vers. 5-8, 31-33…? ¿Qué me dice acerca de compartir, vender, etc.? Nuestro problema es que a esos versículos no les prestamos mucha atención…”. Con el dinero hemos topado, claro, en este caso, ver lo que dice Santiago sobre compartir con los pobres, respeto a los hermanos humildes y severas advertencias a los creyentes ricos (Santiago 5).
“Al buscar el llenamiento del Espíritu Santo, la cabeza es el fruto del Espíritu y la cola, por así decirlo, las lenguas. Muchos de nosotros hemos apuntado a la cola y el animal todavía sigue corriendo. Si le hubiéramos dado en la cabeza, hubiéramos tenido, cabeza, cola y todo lo demás” (“Las Ordres Nuevas”).
Por otra parte no se ajusta a la realidad que los “pentecostales” se identifiquen con Hechos 2:4, puesto que este milagro –muy pragmático- implica que son habladas multiplicidad de lenguas humanas para la predicación, mientras que entre pentecostales las lenguas habladas no es seguro que sean humanas y no son para la predicación, sino en todo caso para edificación privada o bién profética. Con lo cual se parecen más a la iglesia de Corintio, que hablaba desordenadamente lenguas angélicas sin traducción, que a la de Pentecostés. En este sentido el pentecostalismo se autodefine erróneamente ya de entrada y no tiene en cuenta el sentido mismo del milagro de Hechos 2:4, dan más importancia al medio (hablar lenguas) que al fin (que sean humanas y maternas para evangelizar).

3.-AMOR REAL
Eso es el significado de la piedad o de la misericordia. El amor religioso (en falso) dice: “Oh, hermanooooooo, cuáááánto amooooooooorrr siento por tí”. Se basa en el mero sentimiento emocional, carnal, es decir, en el sensualismo. El amor real escucha y da, o pregunta: “Hermano, qué puedo hacer por tí, qué necesitarías?”.
La fe se demuestra necesariamente en obras (“de misericordia”, según Santiago y “no de la ley” según Pablo), es decir en obras prácticas de amor en acción, vivo, como vivo es nuestro Dios.
Aquí hay otro grave malentendido. Cuando Pablo habla que la salvación es por fe y deslegitima las “obras” se está refiriendo siempre a las obras de la ley (es decir, al ritualismo), ver por ej. Rom. 3:28; mientras que Santiago, cuando afirma que la fe sin “obras” está muerta (Stgo. 2: 17 y 26), se refiere a las obras de misericordia (Stgo. 2:15), es decir, a las Bienaventuranzas, tal como también explica Cristo en el Juício Final (Mateo 7) que juzga según la misericordia y no según los milagros y prodigios que tanto entusiasman a movimientos carismáticos y pentecostalistas.
No hay contradicción como pretendía Lutero entre fe y obras o entre Santiago y Pablo. Sin embargo esto rara vez es comprendido por las denominaciones, que deslegitiman las obras (de misericordia) para reconstruir las obras (de la ley), es decir, el legalismo que deslegitimó Pablo bajo nuevos sistemas.
No somos salvos por obras (de la ley), pero la cosa no acaba ahí: tras los “rudimentos” hay más, “hemos sido creados en Cristo Jesús para buenas obras” (Efesios 2:10). Oír sermones y leer la Biblia no es suficiente, porque el Evangelio no es “la doctrina correcta”, sino la “vida correcta”. El nuevo pacto no es “hablar de” sino “poner en acción” los talentos, el amor. Si no somos concretos, será como coser sin haber anudado el hilo: “Hechos son amores y no buenas razones”, piensa la gente con razón y realismo; mientras que en los ámbitos cerrados de muchas iglesias persiste el autoengaño de la buenas palabras sin hechos, como si fuesen políticos prometiendo.
Estar más predispuesto a los dones (milagros, don de lenguas, etc.) que a los frutos (benignidad, paz, etc.) del Espíritu, buscar lo espectacular, es también signo de inmadurez: “Mucho ruído y pocas nueces”. Tiene que haber un equilibrio entre dones y frutos.
Hay inmadurez en la medida que falte misericordia para los necesitados y marginados de todas clases. Y no se debe discriminar a nadie, pues Dios no hace acepción de personas (Hechos 6:1) ni nos permite juzgar al prójimo.
Es vital desarrollar la capacidad de tener compasión y no cerrarnos a las necesidades que nos rodean. Hebreos 6:12. “Misericordia quiero y no sacrificio, y que Dios sea dado a conocer (tal como es) mejor que tantas ceremonias” (Oseas 6:6, Mateo 9:13 y 12:7). Es decir mejor la evangelización y el buen ejemplo que los cultos cerrados y rutinarios y la religiosidad.
Nuestros oídos pueden ser tardos para oír cuando rehusamos obedecer. Podemos ir volviéndonos ciegos al no ejercer la misericordia. En Mateo 21:31, Jesús afirma que las prostitutas irán por delante de los líderes religiosos en el Reino de Dios.
El Evangelio es espiritual a la vez que práctico y material. Es para el hombre real y completo, no sólo para “almas” (¿incorpóreas?). No somos sólo “almas”, tal doctrina no procede en absoluto de la Palabra de Dios: las herejías de los primeros siglos “superespiritualizaron” y despreciaron como malo lo material, los apóstoles condenaron esta superespiritualización en falso, en particular Santiago y Juan, y a los que pretendían incluso que Jesús no había venido en carne, Juan señala que es una doctrina del Anticristo (1ª Juan 4:2-3).
La generosidad realista, la liberalidad fraternal es signo de madurez: sobreabundar en lo bueno para la gloria de Dios (Juan 15:8), dar de lo propio para suplir necesidades, enseñando y exhortando tanto con la propia vida como con toda la Palabra viva de Dios. Pues alabar a Dios sin conseguir que la gente lo alabe a través de las obras de los creyentes, ya es un fracaso y quizá estamos utilizando sólo fórmulas verbales vacías, sin contenido real, es decir, no alabanza, sino teatro.

4.-“MIEMBROS DE”: UNA TRAMPA PARA NO SER “DISCÍPULOS DE CRISTO”
“Y ahora, mientras que el órgano deja oír sus acordes y el coro canta ‘Tal como soy’, si entre ustedes alguno está profundamente conmovido y quiere lavarse la cara y las orejas, yo le ruego que por favor, levante su mano. ¡Vaya con la manera de formar vidas! Claro que no lo hacemos, o por lo menos, mi madre no hizo así con nosotros. Ella me daba una orden y yo la obedecía y por eso ¡ahora me lavo la cara y las orejas sin que ella tenga que preocuparse si lo hizo o no!” “En primer lugar dejamos de emplear la palabra miembro, porque resultaba más apropiada para un club donde no existe ninguna clase de sumisión. Usaríamos la palabra discípulo” (“Las Odres Nuevas”).
En la Iglesia apostólica nunca hubo “miembros”, sino discípulos. Discípulo es quien sigue al Maestro y depende de él como el fruto de la vid, y luego enseña a otros a vivir así. La iglesia verdadera está donde es predicada la Palabra de Dios, sin añadidos humanos. Amoldarse a otros métodos y sistemas (Rom. 12:2), aunque generalizados y ya muy arraigados por la tradición humana, es una grave pérdida de vida en Cristo, de cristocentrismo. Y la Iglesia no es más que Cristo, el cual, “naciendo bajo la ley, nos ha rescatado de la ley” (Gal, 4:4-5).
Ser “miembro” puede no ser más que un título (y a menudo lisonjero: para prestigiar a la Denominación, a sus líderes y al cotizante obediente: marketing comercial) con el que jugar a estadísticas de engorde organizacional o aparentar triunfos y “avivamientos”. Pero la realidad de ser discípulo no es algo tan “barato” y nominal/comercial.
Se puede representar la rutina de culto, asistiendo a servicios religiosos y encubrir graves males (Jer. 7:3-4, 8-11). Organizar cultos no es vacuna contra ningún pecado ni mal. En una tal levadura la fama suele ser más importante que la religión pura y sin mancha (Stgo. 1:27), y la popularidad para atraer multitudes más que un estilo de vida cristiano consistente. No es lo mismo levantar discípulos de Cristo que un “club” que cree mentalmente en unos dogmas de fe o que un movimiento de exaltación de las emociones a veces llevado por maestros de la retórica religiosa con sueldos espectaculares.

5.-CRECIMIENTO NUMÉRICO
“Crees que lo has hecho porque de doscientos has aumentado a seiscientos. Pero no estás creciendo, lo único que has hecho es engordar. ¿Qué significa eso? -Todo lo que tienes son más personas del mismo calibre de antes. Ninguno está madurando; el nivel continúa siendo el mismo. Antes tenías doscientos bebés espirituales, ahora tienes seiscientos” (“¿Niños para siempre? “Las Ordres Nuevas”).
Sin crecimiento espiritual no hay crecer, sino engordar. Muchas organizaciones crecen, pero por márketing o por presión social (en EUA, por ej., la “religión vieja” está de moda, o bajo la Dictadura de Franco era obligatorio ser católicoromano, o en los países musulmanes se induce y promociona todo lo musulmán, etc.), pero eso no es la obra de Dios sino la tradición de los hombres -mezclada con intereses políticos de dominio de unos líderes ávidos de poder o de dinero- conocido como fundamentalismo o integrismo religioso (poner la religión al servicio del César y, con tal prostitución, sacar beneficios económicos para los grupos religiosos y sus líderes).
Durante la juventud de Jeremías, Judá también vivió este tipo de crecimiento religioso inconsistente que tan mal fin tuvo. La religión puede prosperar a la vez que los pecados son más profundos y generales y maduran para el juício de Dios (Lament. 4:13). La religión puede ser una cobertura y una “ayuda” para que cada uno haga lo que quiera (algo así como una costra que puede encubrir la mortal infección): ganar dinero, sentirse bien y acompañado, respetable y “normal”, etc.
Las iglesias que crecen en número pero sin madurar son un cristianismo puramente superficial, igual que un gran océano con una hondura de un centímetro. O como un orfanato: los domingos hay reunión en el salón-comedor para abrir la boca y engullir sermones. Y así cada domingo, calentado bancos. Pero eso no es la estructura apostólica. Lo principal no es el edificio, no es el templo de piedra sino el de carne, los templos espirituales que son las personas humanas. Este mismo debate ya lo mantuvo Cristo con los líderes religiosos de su tiempo, que se conjuraron para acabar con él.

6.-LOS RUDIMENTOS Y LA PREDICACIÓN
“Yo pertenecía a una denominación que estaba orgullosa de predicar la salvación, el bautismo en el Espíritu Santo, la santidad divina y la segunda venida. Y a esto lo llamábamos ¡el pleno Evangelio! Otros grupos, en cambio, consideran la santidad como uno de sus puntos clave en lugar del bautismo en el Espíritu.
¿Cómo es que podamos considerar a estas cosas como el pleno Evangelio cuando en el libro de los Hebreos se nos dice que son rudimentos?” (“Las Ordres Nuevas”).
En las “iglesias locales” (en el Nuevo Testamento “iglesia local” significaba una asamblea de creyentes de una ciudad o comarca, hoy en día significa casi siempre local dónde reunirse dependiente de una denominación u organización religiosa) sólo se suelen predicar “los rudimientos” (Hebreos 6): arrepentimiento, fe, bautismos, imposición de manos, resurrección, juício eterno. Eso no es el “Evangelio completo” del que algunos de estos grupos alardean.
Pero seguramente el problema es que hay cerrazón para ir más allá: en los países ricos donde sobra consumo, la gente está atada espiritualmente a un estilo de vida materialista y egoísta, que olvida la profunda miseria e ignorancia espiritual existente en el resto del mundo.
No llegamos a más porque estamos demasiado atados por la seducción de las riquezas que ahogan la Palabra de Dios (Mateo 13:22). “El Espíritu siempre estará manifestándose en alguna nueva forma, no con un Evangelio nuevo pero sí con una nueva presentación de él o o un nuevo énfasis sobre algunos aspectos de la genuína doctrina cristiana o una nueva aplicación para las necesidades actuales…” (“La ley de la fe”, N. Gurb).
¿Cuándo llegará el alimento sólido cuando a menudo no llega ni la leche?.
¿Cuándo se hará más hincapié en seguir el Evangelio para aquí y ahora (Reino de Dios), en vez de centrarse sólo en la salvación, lo apocalíptico y en todo aquello menos “desmostrable” con hechos objetivos, todo aquello que tiene que ver más con la ultratumba?
Con estos planteamientos tan huidizos estamos sustrayendo la vida de nuestra fe y el Evangelio de Cristo y de la Biblia, y eso es una grave herejía que no se debe dejar pasar.
Si estos líderes, predicadores y asalariados viven tan fuera del “mundanal ruído” como para ser incapaces de predicar el Evangelio porque sus actitudes diarias son todo un contra-Evangelio y temen que la gente se dé demasiado cuenta, lo que tienen que analizar delante del Señor es si son realmente las personas idóneas para monopolizar los mensajes bíblicos y el púlpito. Y, si no lo meditan honestamente, es que simplemente toman la fe como una fuente del sustento propio. Y que se atengan a los resultados de un planteamiento tan nefasto, en tal caso: ellos…y los demás.

7.-LOCAL Y ESTRUCTURA DE REUNIONES
Los primeros cristianos se reunían en casas particulares o al aire libre y, en épocas de persecución, en cuevas y catacumbas. En los países donde la Iglesia es ahora perseguida (como en China, Vietnam o en muchos países islámicos) se reunen en casas o se esconden donde pueden. Y en iglesias en avivamiento, se funciona por células de discipulado en hogares.
Se puede invertir mucho en lo accesorio: comprar un local e incluso decorarlo lujosamente, llamándole “la casa de Dios”. “El cielo es mi trono (…) Lo digo yo, el Señor. ¿Qué casa me podríais edificar?” (Isa. 66:1 y Hch. 7:49).
Primero nosotros modelamos el local, y luego el local nos modela a nosotros limitándonos espiritualmente. El mandato del Señor, sus últimas palabras, fueron ir hasta los confines de la Tierra a discipular, de abrir locales no dijo nada.
Si los grupos denominacionales lo hacen con tanta prioridad es porque a los creyentes les resulta más cómodo para escondernos del mundo, mantener rutinas, conservar la jerarquía humana, e incluso se puede presentar como una especie de “mérito” ante el Señor (o de mandamiento supuestamente divino). Sin embargo, es simple tradición de hombres, sin ninguna base bíblica. Hasta el s. III no hay ninguna constancia de templos cristianos y luego fueron donados por autoridades (a menudo locales de culto confiscados a otras religiones) con el fin de comprar a líderes, controlar a los creyentes y prostituir la fe al mezclarla con la avaricia de poder y dominación (Mateo 11:12). “Ahora, por contra, luchamos contra un perseguidor engañoso, contra un enemigo adulador, contra el anticristo Constancio (un emperador romano). Este…no nos encarcela para liberarnos; no aplica la tortura, pero tiene el corazón dominado; no decapita con la espada, pero mata el alma con el oro (…) honra a los obispos para que no sean pastores, construye iglesias para destruir la fe” (“Liber contra Constantium imperatorem”, 360, Hilario de Poitiers, obispo).
El único templo que Cristo enfatizó fue el de la muerte y resurrección de su propio cuerpo, y ya entonces no fue entendido por los líderes religiosos, que prácticamente lo acusaron de terrorista ante las autoridades romanas (que eran extranjeras, además) por pretender derribar “el templo”.
En Juan 4:20-24 Jesús desmiente la misma ortodoxia al afirmar que en un futuro no adorarán ni en la montaña de Samaría ni al templo de Jerusalén (motivo de disputas entre judíos y samaritanos al estilo de las actuales divisiones denominacionales o regionales), sinó “en espíritu y en verdad”.
Después de resucitar a Lázaro los ortodoxos legalistas se alarman aún más contra Jesús (Juan 11:42-43), considerándose a sí mismos los guardianes de la patria contra quien resucita a los muertos, ¡utilizan el templo como pretexto para querer matarlo! En Juan 12:42 vemos como hay fariseos, incluso principales, que creen en Jesús pero callan para que no los expulsen de la sinagoga. Ya tenemos, pues, mezcla entre fe y legalismo, tan típica entre los actuales cristianos, que les lleva a callar por miedo a represalias legalistas lo que más debieran aclarar, y eso es debido a que prefieren la gloria humana a la de Dios.
La iglesia canta: “Venid, venid, si estáis cansados, venid”, cuando lo que se debiera cantar es: “Id, id, tú que estás calentando bancos, ve, ve”.
¡La estructura tiene que ser para el Reino, y no el Reino para la estructura!.
El Reino de Dios no es el Cielo –como vulgarmente predican o dan a entender los predicadores asalariados y las denominaciones-, sino que es las Bienaventuranzas, un Reino del amor de Dios para vivirlo ya aquí en la tierra (Mateo 12:28, 13, etc.), pues es la paz divina que habita entre nosotros (Lucas 17:21: “El Reino de Dios está entre vosotros”), y que los malos pastores enturbian y esconden (Jer. 23:2-4, Ez. 34:2-4 y 10-12, Miqueas 3:5, 7 y 11, Zac. 11:15-17).
En la iglesia primitiva todos podían intervenir, y había diálogo, no sólo sermones unidireccionales (1ª Cor. 14:26). Había libertad en Cristo, la “perfecta ley: la de la libertad”, según Santiago 1:25, 2:12.
Cristo dijo que “los gobernantes de las naciones las dominan como si fuesen sus propietarios y los grandes las mantienen bajo su poder. Pero entre vosotros no ha de ser así” (Mt. 20:25-26).
Un buen sistema es reunirse viéndose las caras, en semicírculo, no por enfoque “igualitario” sino porque ni el predicador ni el pastor han de requerir una atención abusiva: ya no hay un sacerdocio “mediador”, sino el universal de todos los creyentes.
El clericalismo sacerdotal como método eclesial no es novotestamentario, en todo caso sería de la vieja ley.

8.-DONES Y FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO
La Palabra dice que lo importante son los frutos del Espíritu (paciencia, paz, benignidad, amor, mansedumbre, etc.) y que se conocerá a los hijos de Dios por sus frutos, no por sus dones (sanación, lenguas, sabiduría, profecía, milagros, etc.).
Y también dice que “¿No hicimos milagros en tu Nombre?” Y a los que no hayan practicado misericordia Dios mismo les contestará: “Apartaos de Mí, hacedores de maldad”.
Así pues, entre “evangélicos” puede haber –y lo hay sin duda- una alocada y fanática insistencia, muy antibíblica, en los dones por encima de los frutos, pero Dios, en su Palabra, piensa todo lo contrario.
En vez de madurar, los que se centran en los dones y olvidan los frutos del Espíritu y la misericordia hacia el prójimo, se entretienen con juguetes para propio engaño y posiblemente para propia perdición eterna.

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